lunes, 20 de octubre de 2008

Pesadilla o Sueño al estilo Americano.....

En busca del sueño americano, más de un millón de personas cruzan el río Bravo cada año. La mayoría son deportados, a algunos se los come el desierto (unos 400 al año) y unos 300.000 consiguen quedarse en Estados Unidos y pasan a engrosar la lista negra de indocumentados.
Las migraciones se han convertido en una de las cuestiones sociales y económicas más críticas y complejas de este decenio puesto que no sólo comprenden el movimiento de personas sino también otros temas estrechamente relacionados, como los de las libertades individuales, la cohesión social, el crecimiento económico y las relaciones interestatales.

LA CACERIA de migrantes efectuada por rancheros estadounidenses resulta lacerante, ignominiosa y brutal, sobre todo porque en estos hechos ponen al descubierto la actitud xenofóbica y racista de los sectores más reaccionarios de los Estados Unidos de Norteamérica.

Las realidades de la emigración y la percepción sobre los efectos de este fenómeno en los países de origen de los emigrantes y también en el país de destino, han tenido diversas interpretaciones a través del tiempo. Estas interpretaciones, periodísticas, políticas, económicas o sociales (muy por delante de cualquier reflexión o teoría académica), han promocionado algunas conclusiones públicas sobre los beneficios de recibir remesas o de vivir en el extranjero, especialmente si esto se relaciona a un país desarrollado y poderoso como los Estados Unidos de Norteamérica, que es referente del mejor estilo de vida según los mensajes publicitarios de algunos analistas, la radio, la televisión o el cine. Al observar la condición de vida o el progreso de los inmigrantes en los EE.UU., la apreciación pude variar de acuerdo a la condición desigual de los inmigrantes por nacionalidad o situación legal, por el tipo de empleo al que tienen acceso o por la región del país donde residen. Se sabe que la condición de los costarricenses es distinta a la del resto de los centroamericanos y que los emigrantes europeos, por ejemplo, no son tratados igual que los latinoamericanos o africanos. También se sabe que algunos estados de la unión norteamericana no promocionan persecuciones masivas o emociones antiinmigrantes. Partiendo de esto, podría haber grandes diferencias de interpretación al momento de llegar a conclusiones.

La inmigración es un tema de especial interés para los países desarrollados cuando necesitan mano de obra barata para activar su economía, y también cuando no la necesitan. Esto incide en que induzcan, regulen o no regulen la emigración de personas de los países pobres.De cara a esto, la emigración se ha convertido en una de las principales estrategias de respuesta de las familias latinoamericanas frente a la pobreza y la ineficiencia de las políticas públicas para generar seguridad y desarrollo.

El fenómeno de la migración es global; la forma de acercarse a tratarlo, no. Por ejemplo, Estados Unidos y España muestran las dos caras: el primero impone y comunica, en una gira organizada al vapor; la segunda busca consensos y negocia con países expulsores.
Los dos países comparten el hecho de ser imán para trabajadores sin papeles, porque en ambas economías se necesita mano de obra no disponible entre sus nacionales.
Estados Unidos y España son testigos de un fenómeno migratorio que mezcla cambios demográficos, variaciones en patrones de empleo y lucrativas redes internacionales de tráfico de seres humanos.
En medio queda espacio para la diplomacia y la creatividad o para la imposición y la fuerza. Madrid busca negociar soluciones con países expulsores, en tanto que Washington reivindica el tema de la migración como un asunto nacional, de ámbito legal, la construcción de un muro y es previsible que aproveche la gira del presidente George W. Bush por América Latina, que comienza hoy, para informar, más que negociar, sus siguientes pasos.
Lo paradójico es que, acuerdo o no acuerdo, la migración sigue su curso. A pesar de la crisis del sector de la construcción, por una economía estadounidense que se está desacelerando desde el año pasado, la generación de empleos entre la comunidad hispana en este rubro aumentó un millón más que en el 2005. De 114.7 millones de trabajadores en Estados Unidos, 19.6 millones son hispanos, con o sin papeles.
Eso representa un sorprendente 13.6% de la fuerza laboral, según el Pew Hispanic Center.
Tanto que en mesas de secretarios de Estado de Bush se juega con las iniciales de la organización nacional de auxilio en caso de desastres, FEMA, interpretándolas como Find Every ilegal Available ("traigan a cada mexicano disponible").
La discrepancia en el valor que los trabajadores hispanos, desde el más modesto recolector de frutas hasta el más sofisticado ingeniero en sistemas, aportan a la economía estadounidense contrasta con las reticencias para formular una reforma migratoria equitativa.
España, en cambio, que de exportadora de mano de obra hace un decenio es hoy fuente de trabajo para sudamericanos y norafricanos, tiene políticas más comprensivas del profundo drama humano que subyace en el fenómeno.
Entre otras cosas, los trabajadores requeridos son contratados previamente en sus países de origen, para evitarles las penas de un viaje erizado de peligros y en condiciones de irregularidad legal, según escribe en estas páginas Consuelo Rumí, secretaria de Inmigración y Emigración del gobierno español.
El modelo español es más humano, más incluyente y a más largo plazo; bien haríamos en estudiarlo en Latinoamèrica.

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